Todavía resuenan en la prensa los ecos de la confusión de unos bomberos catalanes con unos etarras. Una vez más, debemos de plantearnos el papel que juega la prensa en la actualidad y como influye en nuestras vidas, en todos los ámbitos.
Contrastar las fuentes. Uno de los mandamientos para cualquier periodista que se precie de serlo, y sin embargo, se pasa sobre él con demasiada facilidad. Nunca en la historia había habido tanta información disponible. Internet ha revolucionado el envío y la recepción de la información, su búsqueda, su expansión, el número potencial de personas a las que puede llegar… pero esto no quiere decir que esta información sea fiable.
Internet es la plataforma perfecta para la difusión de información, ideas y pensamientos. La libertad de expresión, tan traída y llevada en el último siglo, es una realidad en muchos países del mundo. Pero cuidado, la mayor parte de los datos que recibimos a diario responden a intereses particulares. Entonces, ¿qué es verdad y qué no lo es? No quiero decir que ninguna información sea válida o que es mejor permanecer desinformados. Pero sí es cierto que hay que ser consciente de qué es lo que estamos leyendo o escuchando. ¿Quién ha elaborado esta información? ¿Por qué? ¿Está relacionado con alguna institución, organización o empresa? ¿Qué gana difundiendo esto? ¿Se trata de verdadera información o es publicidad encubierta?
Los telespectadores, radioyentes e internautas estamos expuestos cada día a una cantidad enorme de noticias. Se hacen encuestas de cualquier tema y luego son publicadas como “noticia”. La mayoría de ellas son sesgadas, responden a intereses partidistas o empresariales y además, es muy complicado saber de quienes parten realmente esos datos. Claro, existe la contrainformación; pero ¿no es otra cara de la misma moneda?
Por último, queda el derecho de todo periodista a no revelar sus fuentes. No seré yo la que esté en contra de este derecho. Pero no se utiliza con la responsabilidad debida. Es muy sencillo obtener una pequeña información, redondearla con unas cuantas deducciones personales y publicarla, esgrimiendo ante cualquier duda el derecho a no revelar las fuentes.
Como en todo oficio, se trata de una cuestión muy simple: ser o no un buen profesional.

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